Leer despacio puede ser un pequeño acto de rebeldía.
En un entorno diseñado para deslizar, saltar y acelerar, mantener la atención durante varias páginas se ha convertido casi en una habilidad contracultural.
En un entorno diseñado para deslizar, saltar y acelerar, mantener la atención durante varias páginas se ha convertido casi en una habilidad contracultural.
Vídeos, música, libros, conciertos, videojuegos y experiencias digitales conviven en una oferta cultural mucho más amplia que hace unas décadas.
Castillos, museos, yacimientos, archivos y edificios que ignoramos durante años pueden resultar tan interesantes como algunos lugares que visitamos a cientos de…
La cultura tiene una característica que la tecnología suele olvidar: no necesita ser reciente para ser relevante.
Fotografías, periódicos, cartas y documentos antiguos pueden convertirse en nuevas historias cuando alguien vuelve a mirarlos con preguntas actuales.
Cada formato resuelve situaciones diferentes. La lectura digital y el papel pueden convivir sin necesidad de convertir la elección en una batalla.
Un concierto, una obra teatral o una exposición compartida tienen un componente irrepetible: suceden en un lugar y momento determinados.
Una historia cambia cuando cambia quien la lee. Diez años pueden convertir el mismo libro en una obra completamente distinta.
Mientras Internet multiplica contenidos idénticos, archivos, personajes y lugares cercanos ofrecen algo escaso: identidad.
Periodismo gráfico, novela histórica, ensayo o autobiografía han ampliado enormemente sus temas. A veces una imagen puede explicar lo que necesitaría páginas de texto.